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Degradación de la Naturaleza: Un signo de los tiempos
Viernes 17 de julio de 2009
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Querido GAM:

Después de los terribles sucesos en Bagua que compartí con ustedes, pasado un mes y medio del 5 de junio, seguimos esperando una solución. Se han conformado diferentes mesas de diálogo y la Conferencia Episcopal estará presente en una Comisión de la Verdad para esclarecer qué ocurrió ese día, cuál es el número total de muertos nativos. Se sabe que fueron 35 policías quienes perdieron la vida en los enfrentamientos pero todavía no recibimos noticias del interior del país. Algunos nativos están encarcelados en condiciones infrahumanas, un número no inferior a 30. Como ven, no tengo ni muchas, ni buenas noticias que darles.

Desde instancias de la sociedad civil y de manera particular los religiosos/as y sacerdotes de la zona estamos impulsando la conformación de la Comisión de la Verdad que abra el camino al diálogo. De otra manera, el resentimiento impedirá llegar a acuerdos y la amenaza de un nuevo enfrentamiento más cruento nos acecha. El proceso de reconciliación será duro.

En este ánimo de acompañar la reflexión cristiana y el compromiso con la historia que nos toca vivir, comparto con ustedes este texto que he escrito a propósito de los últimos acontecimientos en el Perú. He tenido que reducirlo, espero no haber cortado nada que dificulte su lectura. He dejado los textos redactados por los Obispos de América Latina en la última Conferencia Espiscopal, ellos son la voz de una Iglesia que camina con su pueblo, al estilo de Jesús. Espero que les ayude a tomar conciencia del problema de fondo y que desde la perspectiva de fe que compartimos también a decir una palabra para que estos hechos no se repitan, en ningún lugar.

Gracias por su apoyo. Seguimos en contacto. Un abrazo. Glafira.

DEGRADACIÓN DE LA NATURALEZA: UN SIGNO DE LOS TIEMPOS

Lo que llamamos cuestión ecológica no es una cuestión de moda, está íntimamente relacionada con la fe en el Dios Creador, su Proyecto de Vida (Reino) y las características de dicho proyecto ( justicia y paz), tal y como ha reconocido la comunidad eclesial. Abusar de los sistemas naturales es contrario a la ley, es contrario a la ética y, para quienes creemos en el Dios de Jesucristo es contrario al proyecto de Dios. Para nosotros/as que hemos optado por seguir a Jesús, la degradación de la naturaleza y sus consecuencias es un problema teológico.

Dios es El-que-Salva, El-que-Libera. El contenido del mensaje bíblico expresa la toma de conciencia de las acciones salvíficas de Dios a su favor de su pueblo. La creación tiene un referente: todo ha sido creado para dar vida en abundancia; todo ha sido creado para la salvación, de todos y todas, éste es su fin, su sentido.

Desde hace algunas décadas, los actuales acontecimientos nos lo han recordado de manera dramática, tenemos información precisa y experiencia concreta de las consecuencias de una inadecuada utilización de los recursos naturales; inadecuada por irresponsable, injusta e insostenible; inhumana y, por tanto antievangélica.

Si miramos el mundo que habitamos comprobamos que cada vez está más lejos del sentido con la que fue creada, cada vez más lejos de una imagen “paradisíaca” de colaboración entre Dios, personas, animales y plantas, medio para sostener la vida, a menudo frágil y en constante peligro. Es éste un signo de los tiempos, es decir, una realidad que mirada con los ojos de la fe, con los ojos de Dios, nos lleva a anunciar – y denunciar – que no es voluntad de Dios; una realidad que nos interpela, nos desafía a tomar postura; una postura que se concreta en un compromiso personal para transformar esta situación, actitudes y estructuras que la favorecen.

En el momento de la creación y llamada al mantenimiento, Dios repartió responsabilidades. Desde los primeros versículos de la Biblia somos “más de uno” quienes tenemos que ponernos de acuerdo, con el medio que nos rodea, para continuar el plan de Dios, porque la promesa de Dios, don gratuito, se va construyendo en la historia, ésta nuestra: Una.

Esta colaboración a dos, naturaleza y sociedad, para continuar el plan creador de Dios se va desarrollando y profundizando en los textos bíblicos, en las diferentes tradiciones y a lo largo de los siglos, en torno a dos grandes preguntas ¿dónde estás?, ¿dónde está tu hermano?

Las preguntas ¿dónde estás? (Gn 3, 9) y ¿dónde está tu hermano? (Gn 4,9) son una llamada a tomar conciencia de que cuando llegamos a este mundo ya existía la naturaleza, y no podemos comprendernos sin ella: fuimos acogidos por un ambiente, nos han formado de sus entrañas, hemos madurado gracias a sus frutos. Pero, además, ambas preguntas son una llamada a tomar conciencia de que existimos junto a otros/as, iguales: carne de nuestra carne y huesos de nuestros huesos. ¿Somos capaces de mirar al otro diferente y pronunciar carne de mi carne, huesos de mis huesos?

Los penúltimos acontecimientos, dudo que sean los últimos, muestran que si no resolvemos estas preguntas fundamentales, fundantes, los conflictos no desaparecen. Se trata de dos preguntas de formulación sencilla y respuesta compleja, pero sobre todo comprometida.

Hemos roto el pacto y estamos poniendo en peligro la belleza y bondad original. Hemos roto el pacto.

1. Buscando luces en la Palabra de Dios: Primer Testamento

1.1. Creación y Alianza

En el siglo III a. C. el pueblo judío realiza una de las más bellas reflexiones acerca de la íntima relación entre Creación y Alianza que unifica naturaleza y relaciones justa (Eclesiástico 16, 24 – 17, 14:

“Cuando creó el Señor sus obras desde el principio,
desde que las hizo les asignó su puesto.
De la tierra creó el Señor al hombre,
y de nuevo le hizo volver a ella.
Alianza eterna estableció con ellos,
y sus juicios les enseñó.
Y les dijo: Guárdense de toda iniquidad,
y a cada cual le dio órdenes respecto de su prójimo”

(Eclo, 16, 26; 17, 1.14)

1.2. Alianza y protección de los más débiles

El pacto, la Alianza está íntimamente relacionada con la protección de los más débiles y amenazados: personas, animales, vegetales. Desarrollaremos dicha temática en dos de las diferentes tradiciones de Israel: tradición legal y tradición profética.

Israel concretó la íntima relación de Creación-Alianza a través de las leyes. Los mandamientos no sólo regulan la relación de los Israelitas con su Dios ( cf. Ex 20, 23 – 23, 19; Dt 12-26, recogido expresamente en los credos judíos: cf. Dt 6, 21-24; 26, 5-10; Dt 16, 1-8), también regula la relación de los israelitas con la tierra, los bienes y las personas de otra raza y/o condición social. Por tanto, y traduciendo esta dinámica al tema que estamos desarrollando, el ser humano recibe una tarea en la que se unifican ecología natural y ecología socio-política.

Ex 23, 10-12 ordena que cada siete años se dejen las tierras en barbecho, en descanso, para que se beneficien los pobres y las bestias del campo, facilitando el descanso tanto para hombres como para animales. Dios está comprometido con la fertilidad del ser humano, los animales (Gn 1, 22.28; 9, 4-5.8-10) y los frutos de la tierra, por ello, “el día séptimo es día de descanso para Yahveh, tu Dios,. No harás ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el forastero que habita en tu ciudad (cf. Ex 20, 10: el lenguaje inclusivo está en el texto).

Llamamos la atención sobre la continuidad de esta perspectiva. Siglos más tarde, en Dt 15, 1-11 se hace coincidir el año de barbecho con el año de la remisión y perdón de deudas, unificando naturaleza y sociedad sotenibles, en el marco de un proyecto de reforma socio-político-religioso a gran escala.

La tradición profética ahonda en esta misma perspectiva. La tradición bíblica unifica ecología y justicia social al afirmar que las realidades de injusticia y opresión no hacen únicamente referencia al ámbito de lo social, en el ámbito de las relaciones interpersonales, también afirma encuentran su reflejo en el mundo de la naturaleza. A continuación, proponemos textos que muestran la estrecha relación entre el desequilibrio socio-político y los “desastres” naturales, a lo largo de los siglos, desde la profecía del siglo VIII a. C. : … pues ya no hay fidelidad ni amor, ni conocimiento de Dios en esta tierra; sino perjurio y mentira, asesinato y robo, adulterio y violencia, sangre que sucede a sangre. Por eso, la tierra está en duelo, y se marchita cuanto en ella habita, con las bestias del campo y las aves del cielo; y hasta los peces del mar desaparecen (Oseas 4, 1-3); hasta los tiempos inmediatamente anteriores al exilio (siglo VI a.C.): Oigan esto pueblo necio y sin seso… Y no se les ocurrió decir: Ea, temamos a Yahveh nuestro Dios, que da la lluvia tempranera y la tardía a su tiempo; que nos garantiza las semanas que regulan la siega. Todo esto lo trastornaron sus culpas y sus pecados los privaron del bien (Jr 5, 21.24-25) y la profecía tardía del postexilio (siglo IV-III a. C.): En duelo se marchitó la tierra, se amustia, se marchita el orbe, el cielo con la tierra se marchita. La tierra ha sido profanada bajo sus habitantes, pues traspasaron las leyes, violaron el precepto, rompieron la alianza eterna (Is 24, 4-5).

Los textos reflejan con claridad que cuidado de la naturaleza y leyes sociales no son dos realidades separadas. Justicia social y ecología son dos caras de una misma moneda. Lo que decimos del compromiso por la justicia lo decimos también del compromiso ecológico, en perspectiva integral. Ya lo anunciábamos al comienzo de este artículo: no es una cuestión de coyuntura, no se trata solamente de un compromiso ético, para nosotros tiene un fundamento teológico: responde a la voluntad de Dios. La aceptación de Dios Padre, creador y señor de todo lo creado y responder afirmativamente a su propuesta de salvación significa que organizamos nuestra vida social y política respetando el equilibrio original, el equilibrio ecológico. Así lo entendió el pueblo de Israel y así debemos entenderlo nosotros, incorporando esta concepción en lo cotidiano de la vida: leyes, estilos de vida, celebraciones, relaciones…

2. Palabra de Dios, ecología y desarrollo.

La Iglesia: anuncia y denuncia. “La dominación económica y política de las multinacionales de la alimentación y la biotecnología en la agricultura se hace a costa de la salud de los consumidores, de la ruina de los campesinos y las pequeñas fincas familiares, la vida silvestre y el medio ambiente” (Cf. Documento de los Obispos en Aparecida 83-84). “Por eso, como profetas de vida, queremos insistir que en las intervenciones humanas en los recursos naturales no predominen los intereses de grupos económicos que arrasan irracionalmente las fuentes de vida, en perjuicio de naciones enteras y de la misma humanidad. Las generaciones que nos sucedan tienen derecho a recibir un mundo habitable, y no un planeta con aire contaminado, con aguas envenenadas y con recursos naturales agotados” ( Aparecida 471)

La Iglesia: continuadora de la misión de Jesús. Como vemos, la Iglesia, la vida comprometida de las comunidades cristianas, expresada en la voz del magisterio, a través de diferentes constituciones, encíclicas, conferencias, se ha hecho eco de una de las afirmaciones que marcan nuestro seguimiento a Jesús porque toca directamente con nuestra misión: “ Yo vine para que tengan vida, y vida en abundancia” (Jn 10, 10). En este contexto se justifica nuestro actual compromiso con un adecuado uso de los recursos naturales.

“Desatender las mutuas relaciones y el equilibrio que Dios mismo estableció entre las realidades creadas, es una ofensa al Creador, un atentado contra la biodiversidad y, en definitiva, contra la vida. El discípulo y misionero, a quien Dios le encargó la creación, debe contemplarla, cuidarla y utilizarla, respetando siempre el orden que le dio el Creador”. (Aparecida, 125)

“La riqueza natural de América Latina experimenta hoy una explotación irracional que va dejando una estela de dilapidación, e incluso de muerte, por toda nuestra región. En todo ese proceso tiene una enorme responsabilidad el actual modelo económico que privilegia el desmedido afán por la riqueza, por encima de la vida de las personas y los pueblos y del respeto racional de la naturaleza” ( Aparecida, 473). Nos compete, “Buscar un modelo de desarrollo alternativo, integral y solidario, basado en una ética que incluya la responsabilidad por una auténtica ecología natural y humana, que se fundamenta en el evangelio de la justicia, la solidaridad y el destino universal de los bienes, y que supere la lógica utilitarista e individualista, que no somete a criterios éticos los poderes económicos y tecnológicos. Por tanto, alentar a nuestros campesinos – y habría que añadir, a nuestros nativos amazónicos - a que se organicen de tal manera que puedan lograr su justo reclamo” (Aparecida 474, c). No podemos y no debemos hacer otra cosa sino comprometer nuestra vida en el amenazado proyecto de Dios, tal y como Dios lo hizo: Y la Palabra se hizo carne… (cf. Jn 1, 1-18). La encarnación de Dios refleja la seguridad que Dios tiene que este mundo no es una causa perdida, que en él merece la pena comprometerse.

Dios no se resigna al estado actual de las cosas; nos habla de un mundo mejor y caminamos en esperanza, una esperanza que iremos construyendo desde lo pequeño y lo cotidiano (2 Pe 3, 13; Ap 21, 4).

Cada día, hay una renovación del pacto, renovación de la confianza que se mantiene hasta nuestros días, la pregunta está de nuestro lado, cada uno, cada una, tiene que preguntarse cuál es la opción que va a tomar. “La gente le preguntaba: Pues, ¿qué tenemos qué debemos hacer? (Lc 3, 10). Cada uno/a tendrá que buscar las respuestas concretas.

A la pregunta ¿qué tenemos que hacer? la respuesta sigue siendo similar a la que recibió el profeta Miqueas (6,8): “Se te ha declarado ser humano lo que es bueno, lo que Yahveh de ti reclama: tan sólo acciones justas, amar con misericordia y caminar humildemente con tu Dios”. Y , si así lo hacemos, no seremos originales pero sí fieles al evangelio y al proyecto de Dios que es de lo que se trata. Y si así lo hacemos, terminaremos diciendo, con humildad: “siervos/as inútiles somos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”.

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