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Caritas in Veritate
Una encíclica para tiempos de crisis
Lunes 5 de octubre de 2009
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A más de cuarenta años de la publicación de la encíclica social Populorum Progressio (1967) sobre el desarrollo de los pueblos, y en homenaje a su autor Pablo VI, Benedicto XVI publica otra encíclica social “Caritas in Veritate” que pretende revisar y actualizar su mensaje en el contexto actual de globalización y de crisis que vive la humanidad.

Se trata, sin duda, de una encíclica necesaria, pues en estos cuarenta años el mundo y la sociedad han experimentado multitud de cambios, muchos de ellos vertiginosos, que la Iglesia no puede ignorar. A nivel mundial, el fenómeno de la globalización, sobre todo como proceso económico extendido por medio de la apertura de los mercados, pero también social y cultural; la expansión del capitalismo como forma de pensamiento único económico mundial y la proliferación y los abusos de su vertiente más financiera, que ha sido uno de los detonantes de la actual crisis; las luchas de poder por el control de los recursos naturales, sobre todo energéticos, que, al igual que en la época colonial, siguen sometiendo a los pueblos empobrecidos de la periferia e impidiendo su desarrollo económico; la pérdida de soberanía de los estados, usurpada por el poder económico de las grandes compañías transnacionales; el cambio climático y la degradación del medio natural como consecuencia de un modelo de crecimiento económico depredador e insostenible; la revolución tecnológica de los medios de comunicación, sobre todo Internet, y la biotecnología, que si bien son grandes avances para la humanidad, también comportan notables riesgos; … Pero también a nivel personal, el predominio de la cultura del consumismo y del hedonismo, y el olvido de la transcendencia del ser humano, con la consiguiente pérdida en valores humanos; la proliferación de la cultura del mínimo esfuerzo y la huida de todo sacrificio; La pérdida de conciencia comunitaria y de entrega al prójimo, sobre todo en las sociedades occidentales, y el avance del individualismo y del egoísmo en el planteamiento de la vida; … Son realidades de estos tiempos que reclaman una respuesta desde la fe.

Como su propio nombre indica, y en la línea de las otras encíclicas y del pensamiento del sumo pontífice, la encíclica es una constante reivindicación de la necesidad del binomio caridad-verdad como única forma de alcanzar el desarrollo integral del ser humano y de los pueblos, acogiendo el proyecto de Dios para la humanidad. Caridad, entendida como el amor ofrecido por Dios como don y que hace a las personas que la reciben, a su vez, instrumentos de gracia para difundirla entre sus hermanos (5). Y verdad, entendida como el significado último de toda la creación, de la existencia de cada persona, que la hace libre y que da sentido a cada obra de la caridad en busca la promoción del ser humano. Para que el desarrollo sea auténtico no basta el progreso desde el punto de vista económico y tecnológico si este no va impregnado de la caridad y la verdad (23).

La conjunción de caridad y verdad es al mismo tiempo la sintonía entre el corazón y la sabiduría, y entendimiento entre fe y razón en la construcción del Reino humanizador de Dios: “Sólo con la caridad, iluminada por la luz de la razón y de la fe, es posible conseguir objetivos de desarrollo con un carácter más humano y humanizador” (9).

Sobre estos dos pilares, caridad y verdad, se construye toda la doctrina social de la Iglesia que nos aporta los criterios morales para nuestro actuar en sociedad. Este actuar debe estar guiado por dos principios fundamentales que son la justicia y la búsqueda del bien común. Así, la caridad es ante todo justicia, sobre todo en un mundo donde cada vez más personas son excluidas y privadas de los bienes necesarios para su dignidad, porque “no puedo dar al otro de lo mío sin haberle dado antes lo que es suyo” (6). Y cuando las obras no se dejan guiar por la caridad hacia el fin último del bien común, aumentan las desigualdades y rompen la familia humana (21).

Como es lógico, gran parte de la encíclica está dedicada a la economía, que es el principal factor de la globalización, y en especial a la crisis del sistema financiero. En ella se critican los efectos perniciosos de una economía guiada exclusivamente por la lógica mercantil del máximo beneficio, sin contemplar el bien común, y de una actividad financiera meramente especulativa que crea más pobreza que riqueza (21). El principal problema es que se ha desvinculado la economía de cualquier tipo de consideración moral y por ello se manifiesta perniciosa de pecado. “Toda decisión económica tiene consecuencias de carácter moral” (37), y por tanto todo ahorrador, no sólo los grandes empresarios, tiene una responsabilidad propia y debe cuestionar el uso que hacen las entidades financieras de sus inversiones (65) (banca ética). Ante esta situación, el Papa recuerda que “la doctrina social de la Iglesia no ha dejado de subrayar la importancia de la justicia distributiva y social para la economía de mercado”, y añade que “el desarrollo económico, social y político necesita, si quiere ser auténticamente humano, dar espacio al principio de gratuidad como expresión de fraternidad” (34). Así, el gran reto es “mostrar tanto en el orden de las ideas como de los comportamientos, que no sólo no se pueden olvidar o debilitar los principios tradicionales de la ética social, como la transparencia, la honestidad y la responsabilidad, sino que en las relaciones mercantiles el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria” (36) (comercio justo y solidario). Para conseguir esto, es necesario que el Estado retome el control de la gestión económica, sobre todo de los flujos financieros que escapan a su control, para garantizar una mayor redistribución de la riqueza (39). Se propone “la aplicación eficaz de la llamada subsidiaridad fiscal, que permitiría a los ciudadanos decidir sobre el destino de los porcentajes de los impuestos que pagan al Estado” (60) (fiscalidad participativa y objeción fiscal). Se apela, además, a la responsabilidad de cada uno de nosotro/as como consumidores ya que “comprar es siempre un acto moral, y no sólo económico” y se pide la promoción de las cooperativas de consumo como forma de democratizar la economía (66) (consumo cooperativo y responsable). Y también se reivindica de la necesidad de una reforma agraria ecuánime para los países en desarrollo que garantice su soberanía alimentaria (27).

Entroncando con los problemas de la economía de mercado se tratan con amplitud los perjuicios para los trabajadore/as que supone la desregulación del mercado laboral. La competencia entre las empresas que provoca el libre mercado ha dado lugar a la reducción de la seguridad social de los trabajadore/as y la pérdida de derechos laborales. La movilidad y la desregulación laboral tienen como consecuencia la precarización del trabajo, lo que provoca incertidumbre, inestabilidad psicológica y dificultades para crear un proyecto de vida estable en los trabajadore/as, incluida la familia. Ante esta situación, el Papa afirma con rotundidad que “el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es la persona en su integridad” (25) y que “en cualquier sociedad, el trabajo sea expresión de la dignidad esencial de todo hombre o mujer: un trabajo libremente elegido, que asocie efectivamente a los trabajadores, hombres y mujeres, al desarrollo de su comunidad; un trabajo que, de este modo, haga que los trabajadores sean respetados, evitando toda discriminación; un trabajo que permita satisfacer las necesidades de las familias y escolarizar a los hijos sin que se vean obligados a trabajar; un trabajo que consienta a los trabajadores organizarse libremente y hacer oír su voz; un trabajo que deje espacio para reencontrarse adecuadamente con las propias raíces en el ámbito personal, familiar y espiritual; un trabajo que asegure la condición digna de los trabajadores que llegan a la jubilación” (63) (dignidad del trabajo). Para ello es imprescindible una regulación del sector capaz de salvaguardar a los individuos más débiles. Se necesita una mayor responsabilidad social corporativa, para que las empresas no pierdan su dimensión social: “la gestión de la empresa no puede tener en cuenta únicamente el interés de sus inversores, sino también el de todos los otros sujetos que contribuyen a la vida de la empresa” especialmente los trabajadores (40) (responsabilidad social corporativa). Y también se requiere que las organizaciones sindicales, apoyadas siempre por la Iglesia, recuperen su esencia original de denuncia de las explotaciones de los trabajadore/as, tanto afiliados como no afiliados, y de lucha por los derechos laborales, especialmente en los países empobrecidos (64) (renovación del sindicalismo).

En relación con la explotación laboral, merece mención especial la defensa de los derechos de los emigrantes. Estos trabajadores, que además son fuente de riqueza tanto para el país de origen como para el que los acoge, no pueden ser considerados como una mercancía o una mera fuerza laboral, sino que “todo emigrante es una persona humana que, en cuanto tal, posee derechos fundamentales inalienables que han de ser respetados por todos y en cualquier situación” (62) (acogida del inmigrante).

La cuestión medioambiental ocupa otra parte importante de la encíclica. El modelo actual de consumo requiere la extracción de recursos naturales a un ritmo que puede impedir su natural regeneración, poniendo en peligro su disponibilidad para futuras generaciones (48). Se pone especial énfasis en los recursos energéticos no renovables como el petróleo, frecuentemente extraídos de los países empobrecidos y acaparado por unas pocas multinacionales. La lucha por el control de estos recursos provoca muchas veces guerras y más pobreza para los pueblos de la periferia, siendo un serio obstáculo para su desarrollo (49). La Naturaleza no es sólo depósito de recursos naturales, sino que ha sido dada por el Creador como ámbito de vida, y por tanto, “el modo en que el hombre trata el ambiente influye en la manera en que se trata a sí mismo, y viceversa” (51) (sensibilidad ecológica). El respeto a la Naturaleza exige que la sociedad consumista revise seriamente su estilo de vida. “Las sociedades tecnológicamente más avanzadas pueden y deben disminuir el propio gasto energético” (decrecimiento energético) al mismo tiempo que se progresa en la búsqueda de energías alternativas. Pero además, “es también necesaria una una redistribución planetaria de los recursos energéticos, de manera que también los países que no los tienen puedan acceder a ellos. Su destino no puede dejarse en manos del primero que llega o depender de la lógica del más fuerte” (49). Por otro lado, es necesario impulsar una responsabilidad y fiscalidad ecológica que garantice que “los costes económicos y sociales que se derivan del uso de los recursos ambientales comunes se reconozcan de manera transparente y sean sufragados totalmente por aquellos que se benefician, y no por otros o por las futuras generaciones” (50) (deuda ecológica).

En el ámbito de la política, también relacionado con los otros problemas tratados, se hace una análisis del fenómeno de la globalización y su gobierno. Se reconoce que “el proceso de la globalización, adecuadamente entendido y gestionado, ofrece la posibilidad de una gran redistribución de la riqueza a escala planetaria con nunca antes se había visto; pero, si se gestiona mal, puede incrementar la pobreza y desigualdad, contagiando además con una crisis a todo el mundo” (42). Según el Papa, esta adecuada gestión requiere con urgencia la reforma de las Naciones Unidas y la creación de un gobierno mundial de la globalización en el que también los países empobrecidos tengan voz eficaz en la toma de decisiones (67) (gobierno global). Y también se pide que la política participe más de la opinión de los ciudadanos por medio de la organizaciones de la sociedad civil, para recuperar la soberanía usurpada por las grandes corporaciones económicas (24) (movimientos sociales y democracia real).

Finalmente, hay otros muchos temas interesantes que se tocan, y que por cuestiones de espacio no podemos abordar con la debida profundidad, como el alegato en defensa de la vida como don sagrado y por “una procreación responsable que, por lo demás, es una contribución efectiva al desarrollo humano integral” (44); la llamada a recuperar la conciencia comunitaria, pues muchas de las mayores pobrezas, incluidas las materiales, surgen del aislamiento, y por que “el desarrollo de los pueblos depende sobre todo de que se reconozcan como parte de una sola familia” (53); el derecho a la libertad religiosa y la reivindicación de un lugar para la religión en la esfera pública ya que “la exclusión de la religión del ámbito público, así como, el fundamentalismo religioso por otro, impiden el encuentro entre las personas y su colaboración para el progreso de la humanidad” (56); la necesidad de un diálogo fecundo entre fe y razón para “promover la colaboración fraterna entre creyentes y no creyentes, en la perspectiva compartida de trabajar por la justicia y la paz” (57); la crítica a la excesiva burocracia de algunas ONGs (47) y la importancia de la buena gestión de la ayuda al desarrollo de los países empobrecidos que implique no solo a los gobiernos de los países interesados, sino también a la sociedad civil local (58), y que además vaya acompañada de “medidas destinadas a reforzar las garantías propias de un Estado de derecho, un sistema de orden público y de prisiones respetuoso de los derechos humanos y a consolidar instituciones verdaderamente democráticas” (41); o el último capítulo dedicado a la cuestión tecnológica, donde advierte de los riesgos de un desarrollo de la técnica al margen del humanismo, y la necesidad de la ética en los campos con mayores avances tecnológicos como son los medios de comunicación (73) y la biotecnología (74).

Alfredo Sánchez Alberca (asalber@gmail.com) Campaña ¿Quién debe a quién?

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