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Testimonio de un hemano de Foucauld indígena
Viernes 24 de julio de 2009
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Saludos a toda la comunidad de Campo de Criptana:

Soy Oswaldo Sagba, campesino Ecuatoriano, criado y educado con mis abuelos quechuas desde los cuatro años de edad. Tengo 10 hermanos, de los que yo ocupo el segundo lugar. Todos ellos han formado su propia familia.

Soy religioso de la Congregación de los Hermanos del Evangelio, del Padre Carlos de Foucauld, desde hace ya 14 años. Actualmente vivo en fraternidad con tres hermanos, en Cochabamba (Bolivia), uno ellos es José Luis Muñoz-Quirós Ramírez. Nuestra vida de fraternidad consiste en vivir la simplicidad Nazarena, imitar la vida de Jesús de Nazaret cada día: oración, vida fraterna, trabajo, comunión y acogida a nuestros vecinos. Acogida mutua, porque uno acoge, pero también es acogido. La fraternidad tiene hermanos ordenados y hermanos no ordenados, pero todos somos iguales, no hay diferencias entre nosotros. Todos trabajamos, cada cual en su propio trabajo. Yo soy albañil, otro hermano fabrica yogur natural, otro lo vende en el mercado de la ciudad, etc., independientemente de ser ordenado o no, así ganamos nuestro pan cotidiano. Eso forma parte de nuestro voto de pobreza, vivir como los pobres, sin más rentas que el trabajo.

Me consagré de religioso porque deseaba vivir una vida sencilla, sin ser diferente de los demás, viviendo en medio de ellos, para alabar y dar gracias a Dios por todas la maravillas que El nos regala a diario, compartiendo y participando de las alegrías y las penas con los pueblos donde estamos insertos, en las periferias de la ciudades o en los pueblos campesinos empobrecidos y explotados, acompañando en el proceso de cambio social y formándonos juntos para una vida digna de verdaderos cristianos comprometidos en la Iglesia y con la Iglesia.

Estoy en la Fraternidad de Bolivia-Cochabamba para convivir con mis hermanos indígenas, siempre rechazados por el sistema dominante. Hoy se está haciendo realidad el sueño de nuestros antepasados que dieron sus vidas para que lleguemos a un mundo más compartido, en igualdad de derechos, con acceso a los bienes naturales de nuestra madre tierra. Esta es una de las esperanzas de nuestros pueblos pobres. Y mía también. Y de Dios, puedo asegurar desde mi experiencia de fe.

Nuestra Iglesia, que es pueblo de Dios, se concreta en las pequeñas Comunidades de Base, en las que tomamos conciencia a la luz del Evangelio de los cambios sociales que vivimos y que apoyamos. Aunque algunos representantes de la jerarquía no están de acuerdo con este proceso de cambio, por miedo a perder el estatus de la Iglesia, obtenido de los mismos opresores.

Hoy la Iglesia tendría que cambiar algunos esquemas: dar lugar a los laicos, hombres y mujeres, como sujetos activos de la evangelización y la pastoral; es decir, que ellos/as asuman la responsabilidad que les otorga el bautismo, como se dijo en el Concilio, y lo llevan diciendo las Conferencias desde Medellín hasta Aparecida; apoyar a los pueblos que luchan por sus propios derechos a tener una vida digna; en la liturgia hacer nuestras celebraciones más participativas y vivenciales con el pueblo, bien inculturadas; hacer que todos respeten la tierra y los recursos naturales; ha de predicar a un Dios misericordioso y cercano a todos, con rostro quechua, aymara, guaraní etc.

En Bolivia tenemos 36 etnias, con sus propias lenguas, sus propios símbolos; Igual que aquí, me imagino, la Iglesia debe hacerse a los jóvenes, que están en otra onda, y que no creo que sea ni peor ni mejor que la que tuvieron nuestros antepasados. Esta es una de las diferencias desde la que nuestra Iglesia Latinoaméricana puede aportar mucho a las Iglesias de Europa, que las encuentro ancianas, con ausencia de jóvenes que son el futuro del mañana.

No quiero despedirme sin antes agradecer al grupo de animación misionera y al pueblo de Campo de Criptana la calurosa y fraternal acogida que he recibido estos días. Espero poder corresponderles alguna vez si visitan mi tierra. Están todos invitados.

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